Ahora que ha terminado el verano (justo hoy) y a muchos nos cuesta mentalizarnos de que hay que abrigarse un poco más, es época de pillar un buen resfriado.
Y pensando en resfriados me he acordado de los médicos, y recordando a los médicos me ha venido a la cabeza la última vez que tuve que visitarlos.
Fue hace unos meses, por junio, cuando me empecé a encontrar mal: con mucho dolor de cabeza, fiebre y dolores. Pensé que era un mal día, y que al día siguiente estaría mejor. No fue así, pero tampoco me preocupé y decidí ser paciente… Al tercer día, la fiebre era bastante seria así que decidí ir al médico.
Tras las pertinentes preguntas de síntomas etc… me dijo la médico (chica que sustituía en esos días a mí médico oficial) que estaba perfectamente, que tomase una aspirina (cualquiera, no tenía que ser de la marca “aspirina”) y que guardase reposo todo el día. Sorprendido, me fui a casa extrañado, tomé una aspirina y me mantuve en reposo toda la jornada.
Al día siguiente estaba tan mal que no pude ni ir al médico. Llamé a la médico y me dijo que tomase paracetamol y que si no mejoraba que volviese al día siguiente…
Por la tarde no pude aguantar y fui a urgencias. Me hicieron unas radiografías y tras un largo momento a la espera de los resultados en una sala plagada de gente, me llamaron para hablar conmigo:
- Tienes neumonía. Te vamos a dar una inyección, te vamos a medicar, te vas a casa y ni se te ocurra salir en 5 días, por lo menos. Si no será peor…
A la semana siguiente tuve que ir donde mi médico, la chica ya había ‘terminado’ la sustitución. Él estaba tan sorprendido como yo de que se le hubiese pasado dicha enfermedad.
Después de un mes haciendo pruebas, pude olvidarme de la neumonía. Pero supongo que la próxima vez que tenga que ir al médico recordaré esta historia…